Un amigo le dijo una vez a un Presidente algo que parecÃa una simpleza, pero que contenÃa toda una filosofÃa del poder.
Le habló como empresario, sin adornos, como quien ha visto subir y caer fortunas con la misma naturalidad con que sube y baja la marea.
?Presidente, para gobernar bien hay que tener dos escaleras.
El mandatario, intrigado, le pidió que explicara. Y la respuesta fue tan clara que decidió que el amigo empresario la repitiera frente a sus cinco ministros más importantes:
?Hay que tener dos escaleras para quien quiera gobernar. Una para subir y otra para bajar. No es lo mismo la escalera con la que se sube al poder que la escalera por la que se baja del poder.
Esa imagen, que nunca me abandonó, volvió a mi memoria en 1985, una mañana en que comprendà —sin que nadie me lo explicara— cómo funciona realmente ese descenso.
Hay escenas que no se escriben en los periódicos ni quedan en los expedientes judiciales.
Sin embargo, sobreviven como una campana que suena cada vez que el paÃs se repite a sà mismo.
No ocurren en el Palacio Nacional ni en los tribunales, sino en esos lugares donde el poder polÃtico, todavÃa caliente, se encuentra de frente con el poder económico, que siempre está frÃo.
Aquel dÃa, al subir al segundo piso de la sede original del Banco Popular Dominicano en la calle Isabel la Católica, el aire tenÃa otro peso.
No era un dÃa cualquiera. Era uno de esos dÃas en que un gobierno comienza a irse antes de haber terminado, cuando el tiempo se adelgaza y las palabras pierden adornos.
Las miradas se alargan.
Los teléfonos suenan como si cada llamada fuera definitiva.
Entré al despacho principal.
Alejandro E. Grullón Espaillat estaba dando instrucciones.
No hablaba como amigo, ni como aliado, ni como uno de los hombres que habÃan respaldado a Salvador Jorge Blanco en su ascenso.
Hablaba con esa sobriedad que solo aparece cuando la historia cambia de dueño.
?A José Michelén quÃtenle la casa, las joyas, todo… que pague.
No hubo énfasis. No hubo ira. No hubo pausa. La frase cayó como una sentencia antigua, de esas que no necesitan tribunal porque nacen de una lógica más profunda.
En ese instante —breve, casi imperceptible— quedó retratada toda una época.
Porque José Michelén no era un desconocido.
Era un hombre del poder.
Parte del cÃrculo Ãntimo de Salvador Jorge Blanco.
Uno de los rostros visibles de aquel proyecto que ganó en 1982 con la fuerza de una esperanza nacional.
HabÃa estado en la avanzada electoral, en ese movimiento que empujó desde dentro y desde fuera la candidatura del PRD.
Era, como se decÃa entonces, un hombre de confianza.
Pero el poder, como el mar, tiene mareas.
Aquello ocurrió cuando Jorge Blanco aún estaba en la presidencia.
Pero ya se sentÃa en el aire que la corriente estaba cambiando. Y cuando finalmente salió del poder en 1986, la marea se retiró con una violencia silenciosa.
El paÃs que habÃa aplaudido comenzó a señalar.
El nuevo gobierno de JoaquÃn Balaguer abrió expedientes.
El expresidente fue sometido, encarcelado, llevado al terreno áspero de la justicia penal en un hecho sin precedentes.
Con él, otros nombres que hasta ayer parecÃan intocables comenzaron a caer uno tras otro.
Michelén fue uno de ellos.
Perseguido por la justicia, huyó del paÃs. Se fue como se van los hombres que entienden que el regreso ya no depende de ellos: sin despedidas, sin discursos, con el peso de un nombre que ha dejado de proteger.
Vivió en el exterior y allà murió, décadas después, como si el tiempo no hubiera logrado borrar del todo la sombra de aquellos años.
Pero lo esencial de aquella escena no era la caÃda de Michelén.
Era la decisión de Grullón.
Porque Grullón no era un adversario polÃtico. No era un hombre del otro lado. Era parte de una generación que entendÃa la polÃtica también como amistad, como cercanÃa, como confianza personal.
Grullón era amigo de Jorge Blanco. Respetuoso de Juan Bosch. Protagonista de la construcción del capitalismo dominicano moderno.
HabÃa fundado su banco en 1963, en medio de aquella breve primavera democrática que, aunque efÃmera, dejó instituciones destinadas a sobrevivirlo todo: golpes de Estado, revoluciones, retornos autoritarios.
El Banco Popular creció en el paÃs real, no en el paÃs ideal. Se fortaleció bajo Balaguer, se adaptó a los cambios del PRD, y aprendió —como pocos— que en la República Dominicana el poder polÃtico cambia, pero el poder económico se reorganiza.
Por eso, aquella frase tenÃa un peso que iba más allá del momento.
No era polÃtica.
Era estructura.
Era el instante exacto en que la amistad cedÃa ante la contabilidad. En que la cercanÃa personal se inclinaba ante la obligación financiera. En que el aliado de ayer se convertÃa, sin escándalo, en el deudor de hoy.
El capitalismo dominicano mostraba su verdad más desnuda: no administra lealtades, administra riesgos.
Y cuando el riesgo se convierte en deuda, no hay pasado que lo redima.
Esa fue la tragedia de aquellos años.
Una democracia que intentaba parecer moderna, pero que arrastraba viejas costumbres: el clientelismo, la confusión entre poder y patrimonio, la ilusión de que la cercanÃa al Estado podÃa sustituir la responsabilidad personal.
Muchos creyeron que el poder protegÃa.
No entendieron que el poder solo acompaña mientras dura.
Cuando Balaguer regresó en 1986, no solo cambió el gobierno. Cambió el clima. Y en ese nuevo aire, los viejos respaldos se disolvieron como sal en el agua.
Quedaron los tribunales, los expedientes, las deudas, las huidas silenciosas y los nombres que dejaron de pronunciarse en voz alta.
Y en oficinas como aquella, quedaron también las decisiones.
Porque la República Dominicana nunca ha sido gobernada únicamente por sus presidentes. Existe otro eje, silencioso y persistente, que atraviesa la historia sin hacer ruido: el de los bancos, las empresas, las familias económicas, las redes de confianza que sostienen lo invisible.
Ese eje no aplaude. No grita. No marcha.
Pero decide.
Y cuando decide, lo hace con frases como aquella.
Por eso, ese recuerdo no es una anécdota. Es una clave, una forma de entender el paÃs.
El poder polÃtico es pasajero.
El poder económico es paciente.
Uno se exhibe. El otro espera.
Uno promete. El otro cobra.
Y cuando llega la hora del ajuste —porque siempre llega— no importa cuán alto se haya estado, ni a quién se haya servido, ni cuántas veces se haya cruzado el umbral del Palacio.
El paÃs se queda en silencio.
Los amigos desaparecen.
Y una voz, sin levantar el tono, dicta la sentencia final que resume toda una época:
Que pague.
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