Hay una mujer parada frente a un cuadro en el Museo Reina Sofía de Madrid. Lleva un abrigo beige y tiene los brazos cruzados sobre el pecho como quien se abraza a sí misma para contenerse.
El cuadro es el Guernica de Picasso. Mide trescientos cuarenta y nueve centímetros de alto por setecientos setenta y seis de ancho. La mujer lleva veinte minutos ahí, inmóvil, y nadie la molesta, lo cual es un milagro.
No sé si el arte salva al mundo. Dudo, con bastante convicción, que lo haga. El mundo, ese constructo brutal y magnífico que incluye guerras, hambre, burocracia sanitaria y al tipo que habla por teléfono en el cine, lleva milenios resistiendo cualquier intento de redención. Sin embargo, algo que sí hace el arte, es hacernos recordar.
Recordar que existimos. Que antes de nosotros existieron otros que también tuvieron miedo, que también amaron mal, que también se quedaron despiertos a las tres de la madrugada pensando en lo que no pudieron decir.
El arte es el único sistema que ha logrado transmitir no datos, sino temperatura. No los hechos de la historia, sino su textura. Uno puede leer en un libro de texto que el siglo XX fue el siglo de los totalitarismos. Pero solo después de leer a Primo Levi entiende, en el cuerpo, qué significa que una persona tenga hambre y frío y que nadie, en ningún lugar del mundo conocido, la espere.
Eso es lo que hace el arte. Eso, y no otra cosa.
Hubo un tiempo en que se creyó, con gran ingenuidad que la cultura podía servir de escudo. Que los pueblos que leían a Goethe no podían incendiar sinagogas. Que las naciones que financiaban óperas no podían construir campos de exterminio.
Luego llegó el siglo XX y demostró, con una eficiencia que todavía aterra, que no era así. Los verdugos también iban al teatro. Los torturadores también tenían biblioteca. El arte no es una vacuna moral. Nunca lo fue. Pero entonces, ¿para qué sirve?
Sirve para la mujer del abrigo beige parada frente al Guernica. Sirve para algún adolescente que encontró en una canción una forma de nombrar lo que aún para él no tenía nombre.
El arte no salva al mundo en abstracto. Salva, o intenta salvar, a las personas concretas, una por una, en el silencio particular de cada vida. Que bien pensado, ya eso es bastante.
Existe una idea romántica, y por tanto peligrosa, que sostiene que los artistas son mejores personas. Que quien escribe con belleza vive con bondad. La experiencia demuestra lo contrario con una regularidad que desalienta: hay escritores magníficos que fueron padres atroces, pintores extraordinarios que golpearon a sus mujeres, músicos de una sensibilidad inaudita que murieron sin haber pagado una sola deuda.
El arte no ennoblece al artista. Lo que hace, a veces, no siempre, solo a veces, es ennoblecer el tiempo que dura. El tiempo que dura una sonata. El tiempo que dura un poema. El tiempo que dura esa mujer parada frente a ese cuadro.
El mundo, probablemente, no tenga salvación en el sentido en que lo entendían los profetas o los revolucionarios. Seguirá siendo lo que es: una mezcla inestable de crueldad y ternura, de mezquindad y grandeza, de gente que se muere de hambre y gente que tira la comida. Seguirá necesitando leyes, médicos, ingenieros, políticos que alguna vez, en algún momento, tomen una decisión decente.
Pero también seguirá necesitando esto: una mujer con un abrigo beige parada frente a un cuadro, tomándose el tiempo de sentir que no está sola.
Que antes hubo otras personas que supieron representar el horror con tal precisión que el horror, mirado así, se vuelve casi soportable. Que alguien, en algún lugar, tuvo la necesidad imperiosa de gritar con pintura, con palabras, con música, con piedra, algo verdadero.
El arte no salva al mundo, pero sin el arte, el mundo no sabría que vale la pena ser salvado. Y esa diferencia, aun pequeña, lo es todo.
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