La historia tiene una peligrosa inclinación a embellecer a los hombres fuertes cuando el tiempo enfría el miedo que sembraron y la distancia convierte el sufrimiento en abstracción.
Las generaciones que no vivieron directamente el terror suelen recordar primero la eficacia visible antes que el costo humano invisible.
Así, el tirano termina convertido en reformador, el conquistador en genio militar, el opresor en modernizador y el hombre que destruyó vidas aparece en los libros como arquitecto del orden.
Esa operación de blanqueamiento histórico ha ocurrido repetidamente en distintas civilizaciones, y uno de sus casos más notorios es Napoleón Bonaparte.
Durante generaciones, una parte considerable de la historiografía europea —especialmente la nacida del liberalismo del siglo XIX— presentó a Napoleón como el gran reorganizador de Europa, el creador del Estado administrativo moderno, el destructor del viejo orden feudal y el brillante estratega militar que transformó el continente.
Esa visión contiene elementos ciertos. Sería intelectualmente deshonesto negarlo.
El Código Napoleónico tuvo una influencia profunda; las reformas administrativas modificaron estructuras estatales enteras; su capacidad militar fue extraordinaria.
Pero una verdad parcial puede convertirse en una falsificación cuando omite deliberadamente el costo humano, político y civilizacional de esa obra.
Hace años adquirí en Roma un libro que obliga a mirar esa historia desde otro ángulo.
Se trata de Rivolte dimenticate. Le insorgenze degli italiani dalle origini al 1815, del historiador italiano Massimo Viglione, ejemplar que adquirí en 2012 y que conservo en mi biblioteca con anotaciones personales de lectura.
Es un libro incómodo porque desmonta una de las leyendas más sólidas de la modernidad europea: la del Napoleón liberador.
Sus ilustraciones son particularmente elocuentes.
No fueron colocadas allí como simple decoración editorial.
Funcionan como testimonio visual de una memoria histórica italiana que, durante mucho tiempo, quedó subordinada al relato heroico napoleónico.
Una de ellas muestra la insurrección de Arezzo del 6 de mayo de 1799; otra presenta a los florentinos quemando los emblemas republicanos el 4 de julio de ese mismo año; otra representa el ataque popular en Roma contra la carroza de Bassville, símbolo del rechazo romano a la penetración revolucionaria francesa.
Pero quizás la más impresionante es aquella que muestra largas caravanas de carros saliendo de Roma rumbo a París, cargados con bienes expoliados por los napoleónicos.
Esa imagen resume una verdad brutal: Napoleón no solo reorganizó territorios; también los vació.
Cuando Napoleón penetró en Italia en 1796, no llegó como un idealista portador de libertad abstracta.
Llegó como general victorioso al frente de un ejército que necesitaba alimentarse, financiarse y expandirse.
La lógica de la guerra era despiadadamente concreta: el territorio conquistado debía sostener al conquistador.
Eso significó contribuciones forzosas, requisas de alimentos, confiscaciones, reclutamiento de hombres, apropiación de tesoros artísticos, presión sobre instituciones religiosas y subordinación política completa.
Vista desde París, esa expansión podía presentarse como modernización racional.
Vista desde una aldea italiana, desde una parroquia saqueada o desde una familia campesina obligada a entregar a sus hijos para guerras imperiales, aquello era otra cosa: invasión.
Reclutas como esos llegaron a la isla de Santo Domingo en 1802 con la expedición francesa.
Por eso el libro de Viglione resulta tan revelador. Cambia el punto de observación.
No mira desde el emperador, sino desde los pueblos sometidos.
No desde los estrategas, sino desde los campesinos.
No desde los admiradores del genio militar, sino desde quienes cargaron con sus consecuencias.
Las insurgencias italianas que rescata el autor no fueron simples explosiones irracionales de nostalgia reaccionaria, como cierta historiografía quiso caricaturizarlas.
Fueron respuestas humanas de comunidades enteras que se resistían a la ocupación extranjera.
En Roma, sin embargo, la herida fue aún más profunda porque allí el conflicto no era únicamente político o militar: era civilizacional y espiritual.
La Roma pontificia vivió la experiencia napoleónica como una humillación histórica.
Pío VI fue arrestado y deportado, muriendo cautivo en Valence, lejos de San Pedro.
Pío VII intentó inicialmente convivir con Napoleón, incluso viajando a París para la célebre coronación imperial, pero terminó también prisionero.
Dos Papas sometidos por un mismo sistema político en una sola generación. Ese hecho dejó una marca indeleble en la memoria romana.
Recuerdo personalmente que, durante mis años como embajador ante la Santa Sede, visité varias veces el entonces Archivo Secreto Vaticano —hoy Archivo Apostólico Vaticano—, la Biblioteca Apostólica Vaticana y otros repositorios documentales pertenecientes a la Santa Sede en distintos lugares de Roma.
En una de esas visitas, un archivista me relató un episodio que jamás he olvidado.
Me explicó que durante la dominación napoleónica no solo se llevaron obras de arte y bienes materiales, sino también cantidades enormes de documentos de los archivos pontificios. Carretas y carretas habrían partido hacia París, cargadas de memoria documental acumulada durante siglos.
El dato me impresionó profundamente porque quien ha trabajado con archivos comprende que apropiarse de documentos es apropiarse de la memoria institucional, de la legitimidad jurídica, de la correspondencia diplomática y, en cierto sentido, de la identidad histórica misma.
Aquel archivista me contó, además, algo todavía más dramático.
Tras la derrota de Napoleón y la restauración posterior al Congreso de Viena, parte de esos materiales debía regresar a Roma por acuerdos entre las monarquías restauradas y la Santa Sede.
Pero el retorno, según ese relato, ocurrió en condiciones deplorables: caminos embarrados, lluvias, trayectos largos y una Europa todavía exhausta tras años de guerra.
En esas condiciones, me dijo, numerosos documentos nunca regresaron.
Algunos habrían sido abandonados en el trayecto. Otros simplemente desaparecieron para siempre.
No presento ese recuerdo como expediente archivístico definitivo, sino como memoria viva de una conversación con un custodio de aquella historia.
Pero la escena posee una fuerza simbólica extraordinaria: documentos de siglos dispersados en caminos europeos, tragados por el barro y el olvido.
Ese episodio ayuda a comprender que el saqueo napoleónico no fue únicamente material. Fue también cultural, artístico, documental y espiritual.
Trujillo
Es aquí donde conviene introducir una comparación con Rafael Leónidas Trujillo, pero con rigor histórico y sin caer en simplificaciones.
Trujillo fue un dictador brutal, represivo, corrupto y criminal.
Construyó un régimen basado en el miedo, la vigilancia, el culto personal, la persecución de opositores, el encarcelamiento, el asesinato y la concentración patrimonial del Estado.
La República Dominicana fue sometida a una estructura de terror, donde el poder dejó de ser institucional para convertirse en extensión de la voluntad de un hombre.
Pero Trujillo no fue Napoleón.
Y esa diferencia es esencial.
Napoleón fue un conquistador imperial que proyectó violencia sobre múltiples naciones. Trujillo fue un déspota nacional cuya depredación ocurrió dentro de las fronteras dominicanas.
Napoleón saqueó territorios extranjeros.
Trujillo saqueó su propio país.
Napoleón se llevó recursos, obras, hombres y, probablemente, memoria documental de otras naciones hacia el centro de su poder imperial.
Trujillo acumuló riqueza y control dentro de la República Dominicana.
Incluso las empresas industriales y financieras, y las obras materiales levantadas durante su régimen —carreteras, edificios, urbanizaciones, infraestructura— permanecieron físicamente en territorio Dominicano, aunque construidas bajo un sistema de opresión y apropiación patrimonial.
Esa diferencia no absuelve a Trujillo en lo más mínimo.
Pero sí obliga a distinguir entre el tirano doméstico y el conquistador imperial.
Porque, si se borran esas diferencias, se pierde precisión histórica.
Sin embargo, ambos comparten un patrón inquietante: la capacidad del poder fuerte para fascinar retrospectivamente.
Todavía hoy algunos evocan a Trujillo, diciendo que había orden, seguridad y disciplina. Del mismo modo, Europa continúa admirando a Napoleón como genio organizador, mientras muchas veces olvida los cementerios que dejó.
Ese es el verdadero peligro.
No la comparación mecánica entre personajes distintos.
Sino la tendencia humana a confundir eficacia con legitimidad moral.
La historia sería no debe medir solamente lo que un hombre construyó, sino también lo que destruyó; no solo las instituciones que dejó, sino los cadáveres, los silencios, los exilios, los archivos vaciados y las memorias rotas.
Porque, cuando una sociedad empieza a admirar otra vez a sus hombres fuertes, lo que está en riesgo no es solo la memoria del pasado.
Es la libertad del futuro.
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