En algún momento de aquella noche entendí que, de una forma silenciosa, todos habían ayudado a que algo llamado sentido común muriera, algunos hacían ruido, otros preferían mirar hacia otro lado. Y muchos, simplemente, asumían que nada de aquello les correspondía, la música sonaba tan fuerte que parecía competir con la madrugada. En medio de la calle, hombres y mujeres bailaban como si la alegría dependiera de quién lograra hacer más escándalo.

Cantaban canciones cargadas de vulgaridad explícita, levantaban botellas y celebraban algo que probablemente ni ellos mismos sabían explicar; Era sábado, y para muchos, eso bastaba.

Del otro lado de la calle, en una pequeña casa de puerta rosada, estaba Marola. Tenía apenas horas de haber regresado del hospital con su hija recién nacida en brazos. Era la primera hija de su último matrimonio; un hombre que meses antes la había abandonado por otra mujer que también esperaba un hijo suyo. 

Ella nunca le avisó del nacimiento. Quizás porque hay silencios que nacen del cansancio y no del orgullo, mientras la calle gritaba, Marola intentaba dormir a una criatura que apenas conocía el mundo y ya estaba siendo recibida por el ruido, la intolerancia y la indiferencia.

Ella había decidido no llamar a las autoridades. Tal vez por prudencia, quizás por miedo, o porque en muchos barrios del país denunciar todavía convierte a la víctima en culpable. 

Sin embargo, la celebración continuó creciendo, un vehículo estacionado en plena calle, era uno de esos que se lavan cada viernes para exhibirse el fin de semana, cargaba un sistema de música valorado en cientos de miles de pesos, aunque su dueño no tuviera ni siquiera espacio para guardarlo dentro de su propia casa.

La comunidad entera quedó secuestrada por la alegría de unos pocos, la noche avanzo y a las once de la noche, el suelo estaba cubierto de botellas vacías, el alcohol había reemplazado el sentido común y mientras unos celebraban, otros sufrían en silencio la tortura del insomnio, la ansiedad y el atropello, hasta que alguien finalmente llamó a la Policía y la patrulla llegó minutos después, actuó conforme a los protocolos y en respeto a la ley: hizo apagar la música, detuvo el vehículo, apresó al responsable y dejó claro que las normas existen para todos, este episodio debió ser el final de la historia sin embargo fue apenas el comienzo.

Cuando la patrulla se marchó, la furia colectiva buscó un objetivo fácil y como ocurre demasiadas veces en nuestra sociedad, el más vulnerable fue el elegido, las botellas comenzaron a estrellarse contra la casa de Marola, luego llegaron los huevos, después las amenazas de muerte por parte de sus propios vecinos, Todo contra una mujer recién parida, sola, indefensa y agotada, la castigaban por haber sido víctima, la atacaban porque era más fácil agredir a quien no podía responder, lo más alarmante no es solo la violencia, lo verdaderamente preocupante es la pérdida de empatía que estamos normalizando como sociedad.

Nos estamos acostumbrando peligrosamente a convivir con la agresión cotidiana y hemos convertido la falta de respeto en costumbre, confundiendo libertad con imposición, diversión con abuso, y valentía con desafío irracional a la autoridad, cada vez toleramos menos al otro, cada vez escuchamos menos, cada vez entendemos menos que vivir en comunidad implica límites, consideración y responsabilidad compartida.

Las políticas públicas pueden modernizar instituciones, fortalecer leyes y transformar estructuras del estado sin embargo ninguna reforma tendrá éxito si no logramos una transformación humana y social más profunda, no basta con exigir mejores autoridades si no aspiramos también a ser mejores ciudadanos. 

Necesitamos reconstruir el respeto básico por la convivencia y entender que el descanso ajeno también es un derecho, que la autoridad legítima no debe ser vista como enemiga, que la maternidad, la vejez, la enfermedad o simplemente la tranquilidad de un vecino merecen consideración.

Las sociedades cambian cuando dejan de celebrar la agresividad y comienzan a valorar la empatía y lo preocupante que hoy vivimos en tiempos donde abundan las exigencias, las críticas y la confrontación y escasean los esfuerzos sinceros por construir diálogo, comprensión y sentido colectivo. 

Nos estamos convirtiendo en una sociedad más ruidosa, y menos humana, quizás ahí radica el verdadero peligro que cuando una comunidad pierde la capacidad de respetar al más vulnerable, fracasa la convivencia y la civilización misma. 

Pienso que no todo está perdido y que todavía estamos a tiempo de corregir el rumbo que llevamos, involucrando todos los actores y para ello pensar en que la transformación social no será obra exclusiva del Estado, de la Policía o de las leyes, debemos entender que es responsabilidad de todos, el ciudadano común, del líder comunitario, de la familia, los partidos de oposición, las escuelas, las iglesias y cada persona que decida comportarse con dignidad aun cuando otros hayan renunciado a ella.

Necesitamos volver a encontrar aquello que nos hace comunes, la capacidad de comprender al otro, de convivir con respeto y de construir comunidades donde la tranquilidad de una madre y el sueño de un recién nacido valgan más que el ego momentáneo de presumir la lujuria con el ruido de una bocina encendida.
Solo entonces podremos aspirar a ser una mejor sociedad.

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