Es una pena que hayamos tenido que esperar que sucediera lo que pasó con Esmeralda Moronta para cuestionar el protocolo de atención a víctimas de violencia de género; el hecho de que se investigue el caso, lejos de arrojar luz, lo que hace es sembrar aún más la duda. Como dice la frase: «Lo contrario a una afirmación no es una negación, sino una duda»; nunca dudemos de que hay una falla clara del sistema.
Mejorar y eficientizar la atención a las víctimas de violencia de género es algo que no puede esperar. Hoy, la sociedad llora por la muerte de Esmeralda; evitemos que alguien más sea víctima y ojalá dejemos de aprender lecciones a garrotazos o, como popularmente decimos, «poner candado después que nos roban». Debemos revisar estructuralmente lo que está fallando y adelantarnos a posibles acontecimientos.
Este reciente caso refuerza la percepción de que las víctimas no reciben la protección que ameritan; es una estocada al esfuerzo que las autoridades pregonan hacer contra la violencia de género. Mientras sigamos criando niños agresivos (el 63 % de los niños ha sufrido algún tipo de violencia en RD, según Unicef) y desde el Estado no exista una política clara, los casos como el de Esmeralda podrían repetirse.
Que la capacidad de no sorprendernos no nuble la inteligencia que tenemos como seres humanos de adelantarnos a los hechos. La ola de feminicidios tiene uno de sus orígenes en el machismo irracional inculcado y en la crianza agresiva de los niños, y es algo en lo que tenemos que empezar a trabajar desde ya.

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